Desde sus orígenes en 1611, la Cofradía del Dulce Nombre de Jesús Nazareno estructuró su vida corporativa en torno a un gobierno propio encabezado por la figura del Abad, responsable máximo de la Hermandad, custodio de su patrimonio espiritual y material y garante del cumplimiento de sus reglas y tradiciones. El acceso a este cargo ha estado siempre revestido de solemnidad religiosa y dimensión pública, en estrecha relación con las principales festividades de la Cofradía.
Durante más de tres siglos, hasta el primer tercio del siglo XX, la Toma de Posesión del Abad coincidió con la fiesta principal de la Cofradía, vinculada a la festividad del Dulce Nombre de Jesús, celebrada el 1 de enero, solemnidad tradicionalmente conocida también como la Circuncisión del Señor. Esta fecha no era casual: constituía el eje devocional primitivo de la Hermandad y daba sentido a su propia denominación, situando el inicio del mandato del Abad bajo la advocación titular y en el marco de una de las grandes solemnidades del calendario litúrgico.
Los Estatutos antiguos, aunque parcos en detalles ceremoniales, permiten constatar que el relevo en el gobierno se producía en el contexto de esta celebración principal, reforzando así la identificación entre la autoridad del Abad y la devoción al Dulce Nombre de Jesús. La Toma de Posesión se integraba, por tanto, en una jornada festiva que aunaba culto solemne, presencia corporativa y renovación del compromiso de los hermanos con la Cofradía.
Este modelo se mantuvo vigente hasta 1927, año en el que se produce un cambio significativo en la ordenación del calendario institucional. Los Estatutos aprobados ese año establecen que la presentación del Abad tenga lugar el domingo siguiente al día de la Exaltación de la Santa Cruz (14 de septiembre). Este traslado no supuso una ruptura con la tradición, sino una reorientación simbólica y práctica, reforzando el carácter penitencial de la Cofradía y su vinculación a la Cruz como signo central de la espiritualidad nazarena y otorgando al Abad más tiempo para poder preparar los actos y cultos de Semana Santa.
Desde ese momento, la Toma de Posesión queda definitivamente asociada a esta celebración, que pasa a ocupar el lugar central que anteriormente había tenido la fiesta del Dulce Nombre de Jesús.
A partir de la segunda mitad del siglo XX, los distintos Libros del Encargo desarrollan con creciente precisión el ceremonial de la Toma de Posesión. En ellos se regula la convocatoria a los hermanos, la invitación a autoridades eclesiásticas y cofrades, la preparación litúrgica y material de la Capilla de Santa Nonia y el desarrollo detallado del acto dentro de la Santa Misa.
El ceremonial incluye la entrada del Abad entrante acompañado de padrinos, su ubicación inicial en la nave, el solemne traslado al presbiterio durante el Ofertorio y el “cambio de varas”, gesto cargado de simbolismo que expresa la transmisión de la autoridad. Tras la consagración, la intervención musical, el responso por los hermanos fallecidos —primer acto oficial del nuevo Abad— y el canto del himno de la Cofradía subrayan la dimensión espiritual y comunitaria del acto.
Finalizada la celebración litúrgica, se celebra a la puerta de la Capilla la Junta General de Hermanos de Toma de Posesión, en la que el Secretario presenta oficialmente al nuevo Abad mediante la fórmula tradicional y se le hace entrega de los Estatutos y del Libro del Encargo, recordándole su obligación de regir la Cofradía conforme a ellos.
Así, desde las tomas de posesión celebradas en torno a la fiesta del Dulce Nombre de Jesús en los siglos iniciales, hasta las actuales, vinculadas a la Exaltación de la Santa Cruz, este acto ha permanecido como uno de los pilares identitarios de la Cofradía del Dulce Nombre de Jesús Nazareno, reflejo de su continuidad histórica, de su profunda raigambre litúrgica y de su capacidad para armonizar tradición y adaptación a lo largo de más de cuatro siglos.